sábado, 2 de junio de 2012

LAS CINCO Y CUARTO


LAS CINCO Y CUARTO

            Tenía frío. Siempre tenía frío, pero esta vez era diferente. Mi cuerpo no acababa de templarse y mi cabeza era incapaz de gobernarlo para que dejara lo que estaba haciendo y saliera de la habitación. Estaba hecho un ovillo sobre la chaise-longue del comedor, tenía sobre mi cuerpo la manta que cubriera miles de siestas y no sé la de veces que había tirado de mi camiseta para evitar que se escapara el calor corporal. Miré el reloj. Seguían siendo las cinco y cuarto. ¡Cómo no! Pensé en prepararme algo para merendar. Quizá un vaso de leche caliente con miel. Eso me sentaría bien. O un zumo de naranja. Hora de merendar. Eso tenía gracia. Recogí una punta de la manta que se había quedado atrapada entre mi pierna y el sofá, la aprisioné contra mi pecho y volví a repasar la carta. ¿Quién escribía hoy en día una carta? Ni siquiera se mandaban Christmas. Hacía siglos que los amigos dejaron de enviar postales desde ciudades fantásticas y habían transcurrido milenios desde que las parejas de recién casados agradecieran con un cartoncito exótico felicitaciones y apoyo a sus más íntimos. Recuerdo vagamente esas postales con frases y dibujos estrafalarios. Te dejaban, en el reverso, más espacio para la dirección y el sello que para el mensaje que querías transmitir. En fin, contra todo pronóstico, había recibido una carta. Había sido enviada por correos y tenía su destinatario, su sello en euros y su remite. No tenía más que sacarla de nuevo de su sobre y leerla.

            “De mi vida no podría contar gran cosa. Si de esa historia dependiera el éxito de una recepción animada o de un ligue nocturno, el fracaso me sacaría de la reunión y me dejaría en la calle junto al bar. Supongo que hay personas que han tenido una infancia difícil, de la que han debido salir adelante haciéndose a ellos mismos. Quizá hundiéndose en lo que vivieron desde chicos. Tal vez logrando superar tamaños obstáculos. Yo no estoy entre esos tipos. Otros no han tenido más que una vida fácil, sencilla, que los ha hecho más o menos felices. Y en ella han tenido momentos que para ellos son importantes y que ellos han hecho que tengan valor. Esos valiosos instantes son los que adornarían el relato de su vida. Tampoco yo me encuentro entre esos individuos. No he vivido como un héroe clásico ni contemporáneo; no he hecho memorable ningún detalle insignificante de mi vida. He vivido y punto. Ni mejor ni peor que nadie. ¿Mis padres? Unos padres. ¿Mi familia? Eso: familia. Colegio, juegos, partidos, música, chicas… Con eso ya salvamos infancia y adolescencia. Le ponemos una carrera universitaria y un tiempecito de paro y ya tenemos la alegre juventud. Ya solamente queda hablar del trabajo, la mujer y los niños. Y si adelantamos un poco más hasta el día de hoy, dejamos a la señora y a las criaturas y nos quedamos con el más aburrido de los tres.”

            El frío seguía conmigo, jugando con mis manos y mis pies. Hacía los movimientos de un perturbado para sacudírmelo de encima. No me había levantado para prepararme algo de merienda. A decir verdad nunca merendaba. Pero hoy había comido poco. Y estaba en casa. Y además me apetecía. ¿Qué me había retenido antes? La pereza, por supuesto. No. Algo más. La carta. La veía sobre la mesita, tapando unas cuantas huellas circulares de vasos y copas, y algún chorretón de cualquier salsa grasienta. Volví a recogerla. El sobre había desaparecido. ¿Dónde se había metido? Un minuto de búsqueda bastó para mandar todo a la mierda, quitarme la manta de encima y meterme en la cocina para prepararme un zumo de naranja. Estaba molesto por mi suerte, por mi capacidad inigualable de perder las cosas, por ser tan desastre. La pagué con insultos y con hechos. El exprimidor de zumos realizó su último trabajo. Y sin preaviso ni indemnización.

            “Está bien. Admito que mi vida tiene dos o tres momentos que podrían ser interesantes. Y quizá puedan llamar la atención. Los contaré, pero no en su orden preciso. Empezaré hablando de Milena. Milena no es una chica alta, morena, de pelo largo rizado y una sonrisa arrebatadora. Milena es la limpiadora de la caja en donde trabajo. Su pelo, de tan teñido, ha dejado de tener color. Es más bien bajita, achatada por los polos, como la tierra, y precisamente de ese color, terroso, es su piel. Milena no sonríe nunca. Empezó a trabajar en la Caja de Ahorros de Los Pedroches hará unos seis meses. Siete. Por supuesto yo solo la veía cuando entraba a trabajar. Su turno comenzaba a las siete y media de la mañana y se iba una hora más tarde. Por la tarde solamente limpiaba los jueves, cuando la Caja atendía también en horario vespertino. Los jueves salía de la Caja a las nueve. Una hora más tarde que el último pringado de la oficina, o sea, yo. Eran los únicos momentos en los que estábamos a solas. Tardamos en hablar. Pero cuando lo hicimos, empezamos a ver que teníamos cosas en común, que nos habíamos fijado en las mismas memeces de los compañeros de trabajo y que compartíamos un escepticismo ante todo lo que nos rodeaba. Ella tenía una manera especial de mirar el mundo. Y a mí me gustaban ambas. Durante la semana yo era un autómata solitario con una sonrisa que me ponía y quitaba a la misma vez que la corbata. Los jueves éramos dos y la sonrisa me esperaba en la oficina y me recibía con total espontaneidad.”

            Tiré el aparato con tanta fuerza que rasgué la bolsa de basura y saltó el envase hecho añicos. Tenía que calmarme. En las últimas semanas había tenido este tipo de accesos de cólera desproporcionados. Los motivos más nimios provocaban una erupción volcánica en mi carácter. Y la pagaba con lo que tuviera a mi alcance. A veces un semáforo, un plato, el sillón del despacho o el vecino del quinto. Empezaba a preocuparme. Como empezaba también a mosquearme el agudo frío que seguía susurrándome notas en una escala cada vez más alta. Tenía que calmarme, alejarme de la cocina y volver al calor de la manta y la chaise-longue. Me acurruqué de nuevo en el sofá. Allí estaba a salvo del mundo. Podía cerrar los ojos y eliminar mentalmente todo lo que me estorbaba. Era capaz incluso de dejar de sentir ese frío que se había convertido en mi propia sombra. Lo que no podía era escapar de ese otro objeto que permanecía sobre la mesita sucia de mi comedor. La letra me era totalmente desconocida. El trazo parecía cuidadoso y firme. La dirección era correcta y el remitente verosímil. Una vez leído el sobre volvía a fijarme en los tres folios que conformaban la misiva. Una larga introducción, que bien se podía haber ahorrado, una especie de confesión personal que no aportaba nada. Después hubo un dato que sí me llamó la atención. Un dato exacto, preciso. En un día cualquiera de alguna semana anterior, no importa cuál, todo comenzaba a las cinco y cuarto. Levanté los ojos de las grafías y los dirigí a mi muñeca. Mi reloj seguía marcando las cinco y cuarto. La luz apenas entraba por las mirillas de las persianas. Me acerqué a la ventana para cerrarlas del todo y me sentí extraordinariamente cansado. Estaba muy débil. Y febril. Y todo era de lo más confuso.

            “No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que la quería. Lo sé. Estas cosas no pasan. Y, si suceden, el amor no es precisamente el protagonista. Ni siquiera sale en los créditos. Antes están la infidelidad, el egoísmo, el placer, la vanidad y un coro de mentiras disfrazadas de otras mentiras cada vez menos creíbles. Milena, es cierto, me atraía. Yo a ella le parecía un caballero al que se abandonaba huyendo de una vida que no la hacía feliz. Pero ni yo sentía amor ni ella se había enamorado. Por supuesto nos decíamos el uno al otro lo que queríamos creernos. Ya he dicho que el jueves era nuestro día. Más bien nuestra noche. A las nueve dejábamos atrás la acera de la Caja y entrábamos en el barrio antiguo para tomar una cerveza en un bar de viejos. El nombre no lo recuerdo. El aspecto sí. Pero su descripción se adecua a la de todos los bares de viejos del mundo. Basta con poner una barra un poco más alta que la de otros bares más lustrosos, una tira de colillas morreándose con servilletas, huesos de aceitunas, sillas altas e incómodas, mesas con manteles de papel de cuadros y un baño al que se entra de perfil y se sale de milagro. No obstante, Milena sonreía y yo hacía lo mismo. ¿Nos queríamos? Era pronto para eso y tampoco albergábamos esa esperanza. Ahora bien, nos gustábamos, estábamos bien juntos y todo lo que fuera a impedir que así continuara era un estorbo. Cuando usaba esta palabra sentía el miedo en los ojos de Milena. Cuando la digo ahora, yo mismo me asusto de mi convencimiento.
            He dicho antes que podía encontrar en mi vida dos o tres momentos dignos de resaltar. Ya me he referido a uno de ellos: la linda mujer de la limpieza y el encuentro con ella de los jueves. Otro momento es anterior a mi relación con Milena. Unos diez años antes de conocerla. Cuando más arriba he hablado de mi juventud me he referido a una carrera. Tengo, ciertamente, una carrera. Pero no fue la Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas lo que comencé el año que aprobé la Selectividad. Siempre había querido ser farmacéutico. De hecho, mis abuelos habían regentado una farmacia en un pueblo perdido de Castilla y a mí me encantaba pasar horas y horas escuchando las historias del abuelo. Sabía para qué servía cada medicamento y, lo que más me intrigaba, conocía las propiedades que esos medicamentos podían tener combinándose en determinadas dosis. Había un brillo picarón en sus ojos cuando me hablaba y un mohín de reprensión en mi abuela. Yo era el niño más feliz del mundo. Y esa ingenuidad es la que me llevó a Primero de Farmacia. Por supuesto me di cuenta desde el primer día de que lo que los profesores nos enseñaban no tenía nada que ver con las charlas con el abuelo. Pero no me importó. Había una biblioteca, nos daban bibliografía y tenía tiempo. Con eso bastaba. Descubrí en los libros lo que la naturaleza ofrecía. Recordé a los abuelos y me esforcé en comprobar componentes químicos, efectos que provocaban, dosis adecuadas, contraindicaciones… Me sumergía en aquel mundo heredado de los druidas y vivía una ensoñación fantástica. Hasta que mis padres me pidieron explicaciones de mis estrepitosas calificaciones. Era el fin. Lo afronté con entereza y sin inmutarme. Lo tenía bien ensayado. No podía más. Me había equivocado. No podía ocultarlo durante más tiempo. Estaba arrepentido de elegir esa carrera. Lo mío eran las finanzas, el mundo de empresa, algo más vivo y real. Sentía perder un año, pero mi felicidad estaba en juego. Y rectificar era de sabios. Mis padres me abrazaron orgullosos de mi madurez y yo recibí ese abrazo mirando ya con nostalgia esos estudios de farmacia que nunca volverían.”

            Seguía leyendo la carta. La cabeza, sin embargo, la tenía en otra parte. Podía ser una solemne tontería o una coincidencia casual. Pero podía no serlo. Todo comenzó a esa hora. A las cinco y cuarto. No podía ser fruto del azar que mi reloj llevara parado tantísimo tiempo en esa maldita hora. El frío y el carácter agrio que me visitaban esta noche estaba haciendo mella en mi juicio. Volví a la carta y continué su lectura. Se hablaba de más datos aburridos sobre el remitente. Él mismo se presentaba como un hombre culto, ni peor ni mejor que otros. Parecía un Currículo adornado con mucha soberbia y suficiencia. Era presuntuoso. ¿A qué venía todo esto? ¿Qué me interesaban a mí sus aficiones, aspiraciones o intereses profesionales? ¿Sus padres? ¿Sus abuelos? No entendía nada. ¿Por qué le había mandado una carta ese individuo? Si hubiera sido otro el día u otra la noche, hubiera rasgado el papel y lo hubiera lanzado a la papelera de la habitación vacía del niño. Pero esta noche en concreto me sentía tentado a terminar su lectura. Todo comenzaba a las cinco y cuarto. Esa frase me tenía atrapado. Seguí, pues, leyendo.
            Tras un par de párrafos ponderando la extraordinaria capacidad de hacerse a las dificultades que la vida le había ido poniendo en el camino, con su carga de estoicismo que ya empezaba a aborrecer en aquel emisor desconocido, la cosa se empezó a poner interesante. Hablaba de una tarde en concreto, de un jueves en el que se dirigía al trabajo. Parecía que salía con una sonrisa de su casa y, hacia las cuatro, entraba en su oficina para cumplir con la sociedad en su única tarde de trabajo semanal. Todo estaba en orden. Él estaba solo, porque el jefe no iba esa tarde y los otros empleados se habían hecho los remolones y no iban a llegar hasta las cinco y media o las seis. Se suponía que iba a estar a sus anchas hasta esa hora. Los clientes con los que se hacía una excepción no llegaban hasta media tarde. Eran unos momentos felices para él, por lo visto. Pero algo lo cambió todo. Fuera, en la calle, una pareja se despedía. El hombre le daba un beso cariñoso en la mejilla y  ella decía adiós a su pequeño de rostro rechoncho y grácil, que se pegaba mucho a su padre, escondiéndose entre sus piernas. Ese hecho parecía adquirir unas dimensiones trágicas para el remitente de la carta. Me sorprendió ver que el trazo era mucho más violento, la tinta del bolígrafo se había ensañado con el folio y la descripción de la idílica tarde de oficina se empezaba a emborronar de sensaciones ásperas. Daba auténtico horror pensar cómo tuvo que vivir aquella tarde el desconocido.     Me sentí en ese momento un poco mareado y levanté los ojos de la carta. Un folio yacía a mi lado. La parte más aburrida. En mis manos tenía los otros dos. Los deposité sobre la mesita y fui a la cocina. Cuando me incorporé apenas podía mantenerme en equilibrio. Seguía teniendo muchísimo frío. Estaba destemplado y me temblaban las rodillas. Hice un esfuerzo y me acerqué a la pila. Llené un vaso de agua y, derramando buena parte de ella, bebí. Me calmé un poco. Me sentó bien. Recobré las fuerzas y volví al sofá. Volví pues a la carta y a aquella tarde en la que una despedida familiar truncó la paz del empleado que me había escrito precisamente aquella carta. La mujer, continuaba, había entrado precisamente a aquel lugar y ambos empezaron a discutir. No podía ella ser una clienta. Tampoco, por cómo parecía gritarla, su jefa. ¿Una empleada más? No podía, desde luego, ser su mujer. La escena que había relatado unas líneas más atrás descartaba semejante opción. Aquello tenía toda la pinta de ser una auténtica pelea entre mujer casada y amante despechado.

            “El tercer momento que da sentido a mi existencia y la hace un poquito menos convencional de lo que había avanzado antes es el más extraño de todos. Fundamentalmente porque ese momento aún no ha llegado. También porque requiere de la unión de varios factores que han de darse en un mismo lugar y a un mismo tiempo. Desde luego que este tercer momento de mi vida va a ser, sin lugar a dudas, mejor que los otros dos.
            Todo empieza en una tarde de jueves. Yo estoy en la oficina. Soy el primero que ha venido y todavía no ha llegado nadie más. Llevo varias semanas muy enfadado con Milena. Pensaba que era un juego cariñoso el que tenía con ella, pero me había dado cuenta de que había algo más. Ella me importaba y su afecto no lo quería compartir con nadie. Desde luego que sabía que era una mujer casada, e incluso que tenía un niño. Pero no era muy consciente de ello. Tras un incidente que prefiero no volver a desarrollar, he visto cómo ella le da muestras de afecto y yo no puedo quedarme de brazos cruzados. Milena sabe que la cosa no funciona como antes. No le he dicho lo que me molestó. Es vergonzoso que realmente no lo sepa. Esa misma tarde, cuando pasó el incidente, le empecé a chillar como un descosido. Ella se puso triste nada más. Los jueves han dejado de ser nuestros jueves. Y yo quiero recuperar ese cachito de felicidad que nos acercábamos el uno al otro. Así que he decidido actuar. Por eso estaba allí este jueves, en la Caja, en mi mesa, con el cajón abierto y en él un tubito de ensayo con un líquido verdeazulado sobre el que flotan partículas blancas. Ella me ha hecho reír con la anécdota. Su marido se había dado un golpe tonto con un mueble del comedor. Estuvo con la muñeca hinchada durante días. Volvió a estar bien. Pero el reloj se le paró y no lo había llevado a arreglar todavía. Se me ocurrió preguntar, como de pasada, que qué hacía habitualmente su marido a dicha hora. Me comentó que solía estar en el despacho o en el bar de abajo, viendo a algún cliente y tomándose una cerveza.
            Reconozco que me he sobresaltado. De pronto lo veo claro. Miro mi reloj. Las cuatro y media. Hay tiempo. Ella me mira sin comprender nada. Tuerce el gesto y ahueca los hombros. Me acerco, la beso, recojo el frasco y salgo a la calle. Sé dónde vive, dónde tiene el despacho y a qué bar se refiere Milena. Desde aquella escena familiar tras la oficina había estado obsesionado con él. Y había estado maquinando sobre el cómo. Los viejos apuntes de medicina tomados fuera de las clases no habían perdido su aroma. Pero me queda poco tiempo. Corro por las calles, entro en el bar y pido una caña. Y otra. Podía no haber llegado. Haberse quedado en el despacho. No haber ido a trabajar. Pero la puerta se abre, a las cinco y cinco exactamente. Entran dos hombres. Uno habla y el otro se deja convencer. El abogado se acerca a la barra. Una caña y otra con limón. Vuelve a sentarse. Allí es donde entra mi exquisita amabilidad. Claro que no me tenía que haber molestado en llevar las dos bebidas a aquellos dos señores. No, no cuesta nada, en serio. Gracias, muy amable. Una de las cañas lleva limón. La otra… Lo mejor de todo es que en ese momento tocan las campanas de las Carmelitas. Una campanada. Son las cinco y cuarto.”

            La puerta se cierra con suavidad. Una mujer, que no ha tenido tiempo de cambiarse de ropa, con el pelo recogido y una bata que delata su ocupación, se separa de la entrada de su casa. Su nombre es Dora, pero a él tuvo que decirle que se llamaba Milena y que era soltera. No será la única mentira en su vida, sobre todo después de lo que ha ocurrido hoy. Avanza despacio. Observa los restos de la comida y mucha piel de naranja. Se agacha y recoge los trozos del exprimidor eléctrico. Tarda en volver la cabeza y verlo sobre el sofá. Allí, de pie y sin dejar de llorar, repasa de memoria uno a uno los pasos que ha de dar. Recoger la carta, desabrocharle un poco la camisa, dirigirse al teléfono y llamar a la policía. Él se los había dictado en la oficina, cuando el resto de empleados ya se había marchado a las nueve en punto. Había tenido tanta suerte que, tras volver del bar -serían las seis y media- aún no se había presentado el jefe ni ningún otro empleado. Cuando le contó lo que había hecho con su marido supo que ya no tenía otra alternativa. Sabía la vida que le esperaba a ella y a su hijo. Así que ahora, como una autómata, se deshace de la carta, desabotona la camisa y marca el número de la policía. Mientras llama, recoge con dulzura el brazo que queda colgando en el aire y lo deposita suavemente sobre el cuerpo. En su muñeca el reloj, que nunca miente, sigue marcando las cinco y cuarto. 

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